El Salvaje

El Salvaje

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Que el llamado Conrado Wéber, grabador de oficio, había vendido a cuantiosos habitantes de la ciudad una lámina de su ejecución; Que debajo de la lámina, el autor había grabado el Padrenuestro; Que el Padrenuestro comenzaba así: «Padrenuestro, que estás en los cielos, santificado sea el tu nombre»; Que el autor de esta blasfemia había cometido crimen irremisible en las verdades fundamentales de la religión cristiana, erigiéndose contra la omnipresencia divina; Que puntuando como él lo había hecho, la oración «que estás en los cielos» era mínima proposición incidental, en vez de ser muy específica y determinativa; esto es, sin coma antes de «que»; Que con ello el escritor pretendía afirmar que Dios no puede estar en los cielos, lo que es una horrenda herejía; Que el grabador Wéber, autor de la lámina, había sido recibido de ella para su atento examen, no había obtenido del Señor la iluminación precisa para permitirle ver su infernal falsedad; Que el susodicho Conrado Wéber quedaba reconocido instrumento pernicioso de los designios de Satán, corruptor peligrosísimo de la fe pública y hereje en muy alto grado; Por lo cual el Consejo condena a Conrado Wéber, grabador, a ser quemado vivo, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y con los Santos Evangelios a la vista.

Lo que fue ejecutado fielmente en Ginebra, para mayor gloria de Dios.


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