El Salvaje
El Salvaje ¿Qué fue todo, al fin? Un pequeño detalle de la felicidad doméstica; pero cualquiera hubiera creÃdo en una erupción volcánica.
Yo habÃa llegado la tarde anterior a casa de Gaztambide, que vivÃa entonces en el campo. Esa misma noche, rendido por el viaje a caballo, me acosté muy temprano y me dormà enseguida. Me desperté, no sé a qué hora, y oà que el chico de los Gaztambide lloraba. Volvà a dormirme, para despertarme otra vez. El chico lloraba de nuevo, y Gaztambide hablaba en voz alta. Torné a recuperar el sueño, y desperté de nuevo. El chico lloraba, pero el padre no hablaba. En cambio, oà que paseaba por afuera; hacÃa unos dos grados bajo cero. Esto me llenó de confusión; pero como el sueño de un hombre de mi edad es superior a la meditación de estas rarezas domésticas, torné a dormirme.
De madrugada ya, desperté por última vez.
—Esta buena gente —me dije mientras me vestÃa con sigilo— debe dormir aún. No hay que despertarlos.
Salà afuera, y lo primero que vi en el corredor fue a Gaztambide, hundido en un sillón de tela, bien envuelto en su plaid.
—¡Diablo! —exclamé deteniéndome a su frente—. ¿No ha dormido?
—No —respondió con una triste mirada al campo blanco de escarcha—. No dormiré nunca más.
