El Salvaje
El Salvaje Mitain era el armador del Meteoro, lo que tenÃa sin cuidado a Acosta, quien concluyó por perder la paciencia.
—Al fin y al cabo —respondió—, usted nada tiene que ver en esto… Si no le gusta, quéjese a quien quiera… En mi despacho yo hago lo que quiero.
—¡Es lo que vamos a ver! —gritó Korner, disponiéndose a subir. Pero en la escalerilla vio por encima de la baranda de bronce al mensú atado al palo mayor. HabÃa o no ironÃa en la mirada del prisionero; Korner se convenció de que la habÃa, al reconocer en aquel indiecito de ojos frÃos y bigotitos en punta, a un peón con quien habÃa tenido algo que ver tres meses atrás.
Se encaminó al palo mayor, más rojo aún de rabia. El otro lo vio llegar, sin perder un instante su sonrisita.
—¡Con que sos vos! —le dijo Korner—. ¡Te he de hallar siempre en mi camino! Te habÃa prohibido poner los pies en el obraje, y ahora venÃs de allÃ… ¡Compadrito!
El mensú, como si no oyera, continuó mirándolo con su minúscula sonrisa. Korner, entonces, ciego de ira, lo abofeteó de derecha y revés.
—¡Tomá…, compadrito! ¡Asà hay que tratar a los compadres como vos!
El mensú se puso lÃvido, y miró fijamente a Korner, quien oyó algunas palabras: