El Salvaje
El Salvaje Por leve que fuera la tracción sobre la inmensa mole de vigas, el esfuerzo inicial bastó. La jangada viró insensiblemente, entró en la corriente, y el hombre cortó entonces el cabo.
El sol había entrado hacía rato. El ambiente, calcinado dos horas antes, tenía ahora una frescura y quietud fúnebres. Bajo el cielo aún verde, la jangada derivaba girando, entraba en la sombra transparente de la costa paraguaya, para resurgir de nuevo a la distancia, como una línea negra ya.
El mensú derivaba también oblicuamente hacia el Brasil, donde debía permanecer hasta el fin de sus días.
—Voy a perder la bandera —murmuraba mientras se ataba un hilo en la muñeca fatigada.
Y con una fría mirada a la jangada que iba al desastre inevitable, concluyó entre los dientes:
—¡Pero ése no va a sopapear más a nadie, gringo de un añá membuí!