El Salvaje
El Salvaje —Es demasiada fatalidad —murmuró—. Es demasiada fatalidad… —murmurĂł otra vez, esforzándose entretanto por precisar lo que habĂa pasado.
VenĂan de Europa, sĂ; eso no ofrecĂa duda; y habĂan dejado allá a su primogĂ©nito, de dos años. Su mujer estaba encinta e iban a MakallĂ© con otros compañeros… HabĂan quedado retrasados y solos porque ella no podĂa caminar bien… Y en malas condiciones, acaso… acaso su mujer hubiera podido encontrarse en peligro…
Y bruscamente se volviĂł, mirando enloquecido:
—¡Muerta, allĂ!…
Sentose de nuevo, y volviendo a colocar la cabeza muerta de su mujer sobre sus muslos, pensĂł cuatro horas en lo que harĂa.
No arribĂł a pensar nada; pero cuando la tarde caĂa cargĂł a su mujer en los hombros y emprendiĂł el camino de vuelta.
Bordeaban otra vez el estero. El pajonal se extendĂa sin fin en la noche plateada, inmĂłvil y toda zumbante de mosquitos. El hombre, con la nuca doblada, caminĂł con igual paso, hasta que su mujer cayĂł bruscamente de su espalda. Él quedĂł un instante de pie, rĂgido, y se desplomĂł tras ella.
Cuando despertĂł, el sol quemaba. ComiĂł bananas de filodendro, aunque hubiese deseado algo más nutritivo, puesto que antes de poder depositar en tierra sagrada el cadáver de su esposa, debĂan pasar dĂas aĂşn.