El Salvaje
El Salvaje Esperó, bien plantado y mirándome, sin el menor rastro de afabilidad. Apenas le entregué su papel, saludó brevemente y salió, con igual aire altivo. Por atrás le colgaba una tira de camisa desde el hombro. Abrió el portoncito y se fue a pie, como había venido, en un país donde solamente un tipo en la miseria no tiene un caballo para hacer visitas de tres leguas. ¿Quién era? Algún tiempo después lo supe, de un modo bastante indirecto. El almacenero del que nos surtíamos en casa me mandó una mañana ofrecer un anteojo prismático de guerra —algo extraordinario—. No me interesaba. Días después me llegó por igual conducto la oferta de un Parabellum con 600 balas, por 60 pesos, que adquirí. Y algo más tarde, siempre por intermedio del mismo almacén, me ofrecían varias condecoraciones extranjeras, rusas, según la muestra que el muchacho de casa traía en la maleta. Me informé bien, entonces, y supe lo que quería. El poseedor de las condecoraciones y el hombre del papel sellado eran el mismo sujeto. Y ambos se resumían en la persona de Nicolás Dmitrovich Bibikoff, capitán ruso de artillería, que vivía en San Ignacio desde dos años atrás, y en el estado de última pobreza que aquello daba a suponer.