El Salvaje
El Salvaje AsÃ, hasta agosto de 1914. Jamás hubiera imaginado yo que un cardiaco con la asistolia de mi hombre pudiera haber tenido veleidades guerreras, cuando mucho más fácil y corto le habrÃa sido quedarse a morir allÃ. No pasó esto, sin embargo, y con la sorpresa consiguiente, supe a fines de agosto que el capitán de artillerÃa se habÃa embarcado para Buenos Aires, rumbo a su patria. ¿Y el dinero? ¿Y su mujer? Ambas cosas las supe por Machinchux, que desde el comienzo de la guerra venÃa cada dos dÃas a casa a comentar mapas y estrategias conmigo. El caso es que Bibikoff necesitaba dinero para irse, y no lo tenÃa. Entonces Machinchux habÃa vendido su caballo —¡lo único que tenÃa!— y le habÃa dado su importe a Bibikoff, a quien no estimaba, pero al que ayudaba a cumplir con lo que el otro creÃa su deber.
—¿Y usted, Machinchux? —le dije—. ¿Cómo va a hacer para traer la verdura?
Por toda respuesta el viejo maestro democrático se sonrió, mirándome por largo rato. Yo me sonreà a mi vez, pero tenÃa un buen nudo en la garganta.
Desde la ausencia de su marido la mujer estaba en casa de Allain, pues por veinte motivos a que no era ajena la juventud de la señora, no podÃa ésta quedar sola en el monte.