El Salvaje

El Salvaje

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¡Pobre Bibikoff! No era de su mujer deschalando maíz de quien debiera haber estado celoso, sino de aquella damita que quedaba tras él, y que miraba todo con una beata sonrisa primitiva de inefable descanso.

En total, la señora esperaba ir enseguida a reunirse con su marido, cosa que pudo realizar poco después. Mas no por eso dejó durante su estada en lo de Allain, de preocuparse vivamente y atender su plantación de tabaco.

Ésta es la historia. Algunos meses más tarde, supe por Allain que madame Bibikoff le había confiado un manuscrito —el diario de su marido—, en que éste contaba su vida y el porqué de su destierro al fondo del Horqueta. La consigna era ésta: no leer el diario, hasta pasado un año sin noticias de los Bibikoff.








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