El Salvaje
El Salvaje Salomé —llamábase as× vivÃa en Bethlehem con sus padres, y dos veces por semana llevaba a la capital los frutos varios de su huerta. A su regreso, en las claras noches de luna, Arsaces solÃa acompañarla, con su espada corta y su jabalina.
En una de esas noches, al despedirse, Arsaces le dijo estas palabras:
—Dime: ¿no has oÃdo hablar en Bethlehem de tres viejos árabes que estuvieron sólo una noche allÃ?
—No, ¿por qué?
—Por esto: Galba, nuestro decurión, nos ha dicho ayer que El Idumeo esperó ansiosamente a tres árabes o caldeos que fueron a Bethlehem, hace ya bastante tiempo. No sé en verdad qué clase de inquietud es la suya; pero Galba teme algún nuevo despropósito de Herodes.
Como la joven nada sabÃa, no hablaron más de ello.
Dos dÃas después, Salomé llegó muy temprano a Jerusalén. Apenas vio a Arsaces le echó los brazos al cuello, llorando de alegrÃa.
—¡El MesÃas, nuestro Salvador, ha nacido!
Y le contó, en abundantes lágrimas de fe dichosa, el nacimiento de Jesús, el ángel que sobrevino a los pastores, la adoración de los reyes, todo, todo. ¡Y ella, que lo habÃa sabido el dÃa anterior apenas!
—¿De veras crees que ese chico es el MesÃas? —le preguntó Arsaces.