El vampiro
El vampiro Con el transcurso de las noches, nuestras Breves frases llegaron a concretarse en observaciones monótonas y siempre sobre el mismo tema, que hacÃamos de improviso: –Ya debe estar en Guayaquil –decÃa yo con voz distraÃda.
O bien ella, muchas noches después: –Ha salido ya de San Diego –decÃa al romper el alba.
Una noche, mientras yo con el cigarro pendiente de la mano hacÃa esfuerzos para arrancar mi mirada del vacÃo, y ella vagaba muda con la mejilla en la mano, se detuvo de pronto y dijo: –Está en Santa Mónica.
Vagó un instante aún, y siempre con la cara apoyada en la mano subió las gradas y se tendió sen el diván.
Yo la sentà sin mover los ojos, pues los muros del salón cedÃan llevándose adherida mi vista, huÃan con extrema velocidad en lÃneas que convergÃan sin juntarse nunca.
Una interminable avenida de cicas surgió en la remota perspectiva.
–¡Santa Mónica! –pensé atónito.
Qué tiempo pasó luego, no puedo recordarlo.
Súbitamente ella alzó su voz desde el diván: –Está en casa –dijo.
Con el último esfuerzo de volición que quedaba en mà arranqué mi mirada de la avenida de cicas.