Historia de un amor turbio

Historia de un amor turbio

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En cuanto a la pequeña Eglé, sus relaciones con ella se limitaban a muy poca cosa: medio minuto de conversación, los miércoles de tarde, cuando la criatura volvía del colegio con la sirvienta. Rohán las encontraba indefectiblemente en Piedras, entre Victoria y Alsina. Él cruzaba la vereda y Eglé se detenía. Al principio, Rohán se contentaba con preguntarle cómo estaban en la casa y con enviar recuerdos. Una noche Mercedes lo fastidió dos horas con alusiones a ciertas citas que él tenía en la calle. Apenas al fin se había él dado cuenta de que se refería a sus encuentros con Eglé. El miércoles siguiente, al hallar a ésta, recordó la broma y habló gravemente a la criatura, en el preciso sentido de que se encontraba profundamente dispuesto a dar un beso a su novia, Eglé. Desde entonces fue decidido por Mercedes que Rohán besaría a Eglé siempre que la hallara en la calle, cual concernía a un conquistador.

—Sus conquistas habituales son mejores; ¿verdad, Rohán? —preguntábale Mercedes con afectuosa languidez.

—A veces.

—¡Es usted tan buen mozo!

—Lo cual me alegra, porque hemos decidido con Eglé que los besos que le doy no son para ella…

—¡Ah, no! ¡Si es por eso, puede evitarlos, amigo! —cortó Mercedes desdeñosamente.


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