La Tortuga gigante
La Tortuga gigante A pesar del hambre que sentÃa, el hombre tuvo lástima de la pobre tortuga, y la llevó arrastrando con una soga hasta su ramada y le vendó la cabeza con tiras de género que sacó de su camisa, porque no tenÃa más que una sola camisa, y no tenÃa trapos. La habÃa llevado arrastrando porque la tortuga era inmensa, tan alta como una silla, y pesaba como un hombre. La tortuga quedó arrimada a un rincón, y allà pasó dÃas y dÃas sin moverse.
El hombre la curaba todos los dÃas, y después le daba golpecitos con la mano sobre el lomo. La tortuga sanó por fin. Pero entonces fue el hombre quien se enfermó. Tuvo fiebre y le dolÃa todo el cuerpo. Después no pudo levantarse más. La fiebre aumentaba siempre, y la garganta le quemaba de tanta sed. El hombre comprendió que estaba gravemente enfermo, y habló en voz alta, aunque estaba solo, porque tenÃa mucha fiebre.
—Voy a morir —dijo el hombre—. Estoy solo, ya no puedo levantarme más, y no tengo quién me dé agua, siquiera. Voy a morir aquà de hambre y de sed.
Y al poco rato la fiebre subió más aún, y perdió el conocimiento. Pero la tortuga lo habÃa oÃdo y entendió lo que el cazador decÃa. Y ella pensó entonces:
—El hombre no me comió la otra vez, aunque tenÃa mucha hambre, y me curó. Yo lo voy a curar a él ahora.
