Los desterrados
Los desterrados El viento norte soplaba esos días sin tregua; inmediato al techo de la oficina, el aire ondulaba de calor. Era, sin embargo, aquella pieza de tierra el único rincón sombrío de la meseta; y desde adentro los escribientes veían por bajo el mandarino reverberar un cuadrilátero de arena que vibraba al blanco, y parecía zumbar con la siesta entera.
Tras el baño de Orgaz, la tarea recomenzaba de noche. Llevaban la mesa afuera, bajo la atmósfera quieta y sofocante. Entre las palmeras de la meseta, tan rígidas y negras que alcanzaban a recortarse contra las tinieblas, los escribientes proseguían llenando las hojas del Registro Civil a la luz del farol de viento, entre un nimbo de mariposillas de raso polícromo, que caían en enjambres al pie del farol e irradiaban en tropel sobre las hojas en blanco. Con lo cual la tarea se volvía más pesada, pues si dichas mariposillas vestidas de baile son lo más bello que ofrece Misiones en una noche de asfixia, nada hay también más tenaz que el avance de esas damitas de seda contra la pluma de un hombre que ya no puede sostenerla —ni soltarla.