Los desterrados
Los desterrados Lo miré más atentamente, y vi entonces, me di clara cuenta de que el juez tenÃa los segundos contados, que se morÃa, que en ese mismo instante se estaba muriendo. Inmóvil a los pies del catre, lo vi tantear algo en la sábana, y como si no lo hallara, hincar despacio las uñas. Lo vi abrir la boca, mover lentamente la cabeza y fijar los ojos con algún asombro en un costado del techo, y detener allà la mirada, hasta ahora fija, en el techo de cinc por toda la eternidad.
¡Muerto! En el breve tiempo de diez minutos yo habÃa salido silbando de casa a consolar al pusilánime juez que hacÃa buches de caña entre dolor de muelas y ataque de asma y volvÃa con los ojos duros por la efigie de un hombre que habÃa esperado justo mi presencia para confiarme el espectáculo de su muerte.
Yo sufro muy vivamente estas impresiones. Cuantas veces he podido hacerlo, he evitado mirar un cadáver. Un muerto es para mà algo muy distinto de un cuerpo que acaba simplemente de perder la vida. Es otra cosa, una materia horriblemente inerte, amarilla y helada, que recuerda a alguien que hemos conocido. Se comprenderá asà mi disgusto ante el brutal y gratuito cuadro con que me habÃa honrado el desconfiado juez.