Los desterrados
Los desterrados Lo encontré una siesta de fuego a cien metros de su rancho, calafateando una guabiroba que acababa de concluir.
—Ya ve —me dijo, pasándose el antebrazo mojado por la cara aún más mojada— que hice la canoa. Timbó estacionado, y puede cargar cien arrobas. No es como esa suya, que apenas lo aguanta a usted. Ahora quiero divertirme.
—Cuando don Luis quiere divertirse —apoyó Paolo cambiando el pico por la pala—, hay que dejarlo. El trabajo es para mà entonces; pero yo trabajo a un tanto, y me arreglo solo.
Y prosiguió paleando el cascote de la cantera, desnudo desde la cintura hasta la cabeza, como su socio Van-Houten.
TenÃa éste por asociado a Paolo, sujeto de hombros y brazos de gorila, cuya única preocupación habÃa sido y era no trabajar nunca a las órdenes de nadie, y ni siquiera por dÃa. PercibÃa tanto por metro de losas de laja entregadas, y aquà concluÃan sus deberes y privilegios. Preciábase de ello en toda ocasión, al punto de que parecÃa haber ajustado la norma moral de su vida a esta independencia de su trabajo. TenÃa por hábito particular, cuando regresaba los sábados de noche del pueblo, solo y a pie como siempre, hacer sus cuentas en voz alta por el camino.
