Los desterrados
Los desterrados La situación, sin embargo, se volvió intolerable. La mirada de don Juan, fija desde hacÃa rato en la lámpara, cayó por fin de costado sobre su socio:
—Vos que sabés de todo, industrial… ¿Se puede tomar el alcohol carburado?
¡Alcohol! La sola palabra sofocó, como un soplo de fuego, la irritación de Rivet. Tartamudeó, contemplando la lámpara:
—¿Carburado…? ¡Tzsh…! PorquerÃa… Bencinas… Piridinas… ¡Tzsh…! Se puede tomar.
No bastó más. Los socios encendieron una vela, vertieron en la damajuana el alcohol con el mismo pestilente embudo, y ambos volvieron a la vida.
El alcohol carburado no es una bebida para seres humanos. Cuando hubieron vaciado la damajuana hasta la última gota, don Juan perdió por primera vez en la vida su impasible lÃnea, y cayó, se desplomó como un elefante en la silla. Rivet sudaba hasta las mechas del cabello, y no podÃa arrancarse de la baranda del billar.
—Vamos —le dijo don Juan, arrastrando consigo a Rivet, que resistÃa.
Brown logró cinchar su caballo, pudo izar al quÃmico a la grupa, y a las tres de la mañana partieron del bar al paso del flete de Brown, que siendo capaz de trotar con cien kilos encima, bien podÃa caminar cargado con ciento cuarenta.