Los desterrados
Los desterrados … Muy fatigado, pero descansa sólo. Deben de haber pasado ya varios minutos… Y a las doce menos cuarto, desde allá arriba, desde el chalet de techo rojo, se desprenderán hacia el bananal su mujer y sus dos hijos, a buscarlo para almorzar. Oye siempre, antes que las demás, la voz de su chico menor que quiere soltarse de la mano de su madre: ¡Piapiá! ¡Piapiá!
¿No es eso…? ¡Claro, oye! Ya es la hora. Oye efectivamente la voz de su hijo…
¡Qué pesadilla…! ¡Pero es uno de los tantos dÃas, trivial como todos, claro está! Luz excesiva, sombras amarillentas, calor silencioso de horno sobre la carne, que hace sudar al malacara inmóvil ante el bananal prohibido.
… Muy cansado, mucho, pero nada más. ¡Cuántas veces, a mediodÃa como ahora, ha cruzado volviendo a casa ese potrero, que era capuera cuando él llegó, y antes habÃa sido monte virgen! VolvÃa entonces, muy fatigado también, con su machete pendiente de la mano izquierda, a lentos pasos.