Más alla
Más alla —Ciertamente —asentà yo, con la misma inconsciencia ante el tiempo y el mismo estupor con que se me podÃa haber anunciado que yo habÃa muerto hacÃa catorce años.
—Yo me hallo muy bien asà —replicó el espectro, con ambas manos colocadas bajo la sien.
Y debimos conversar, supongo, sobre temas gratos y animados, porque cuando me retiré y la puerta se cerró tras de mÃ, hacÃa ya largas horas que el sol encendÃa las calles.
Llegué a casa y me bañé enseguida para salir; pero al sentarme en la cama caà desplomado de sueño, y dormà doce horas continuas. Torné a bañarme y salà esta vez. Mis últimos recuerdos flotaban, se cernÃan ambulantes, sin memoria de lugar ni de tiempo. Yo hubiera podido fijarlos, encararme con cada uno de ellos; pero lo único que deseaba era comer en un alegre, ruidoso, y chocante restaurante, pues a más de un gran apetito, sentÃa pavor de la mesura, del silencio y del análisis.
Yo me encaminaba a un restaurante. Y la puerta a que llamé fue la del comedor de la casa de Rosales, donde me senté ante mi cubierto puesto.