Más alla
Más alla —Lo creo —respond×. Todos sus dolores no alcanzarÃan a redimir un solo errante gemido de esa joven.
—Lo sé perfectamente… Y no tengo derecho a sostener lo que hice…
—Deshágalo.
Rosales sacudió la cabeza:
—No, nada remediarÃa…
Hizo una pausa. Luego, alzando la mirada y con la misma expresión tranquila y el tono reposado de voz que parecÃa alejarlo a mil leguas del tema.
—No quiero reticencias con usted —dijo—. Nuestra amiga jamás saldrá de la niebla doliente en que se arrastra… de no mediar un milagro. Sólo un golpecito del destino puede concederle la vida a que toda creación tiene derecho, si no es un monstruo.
—¿Qué golpecito? —pregunté.
—Su muerte, allá en Hollywood.
Rosales concluyó su taza de café y yo azucaré la mÃa. Pasaron sesenta segundos. Yo rompà el silencio:
—Tampoco eso remediarÃa nada… —murmuré.
—¿Cree usted? —dijo Rosales.
—Estoy seguro… No podrÃa decirle por qué, pero siento que es asÃ. Además, usted no es capaz de hacer eso…