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—¡Deshaga eso, Rosales —exclamé, tomándolo del brazo—, antes de que sea tarde! ¡No excite más ese monstruo de sensación!

—Buenas noches, señor Grant —me despidió él con una sonrisa, inclinándose.

Y bien, esta historia está concluida. ¿Halló Rosales en el mundo fuerza para resistir? Muy pronto —acaso hoy mismo— lo sabré.

Aquella mañana no tuve ninguna sorpresa al ser llamado urgentemente por teléfono, ni la sentí al ver las cortinas del salón doradas por el fuego, la cámara de proyección caída, y restos de películas quemadas por el suelo. Tendido en la alfombra junto al diván, Rosales yacía muerto.

La servidumbre sabía que en las últimas noches la cámara era transportada al salón. Su impresión es que debido a un descuido, las películas se han abrasado, alcanzando las chispas a los cojines del diván. La muerte del señor debe imputarse a una lesión cardiaca, precipitada por el accidente.

Mi impresión es otra. La calma expresión de su rostro no había variado, y aun su muerto semblante conservaba el tono cálido habitual. Pero estoy seguro de que en lo más hondo de las venas no le quedaba una gota de sangre.


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