Pasado amor

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XXXIII

Por fin acaeció lo que de un momento a otro debía esperarse: Magdalena fue sorprendida recogiendo un tubo. Morán lo supo en seguida por la presencia en su casa de la persona más insospechable para los Iñíguez y para él mismo de prestarse a un juego así. El cual visitante dejó sobre la mesa, y como al descuido, una carta de Magdalena.

Estamos descubiertos —le decía—. ¿Qué hacemos? Imposible dejar tubos allí. No podré pasear más por el alambrado. ¡Qué tormento, mi vida! No puedo escribir más; pero no te inquietes, chiquito mío.

Como ella pedía —o imponía, mejor dicho—, Morán se mantuvo tranquilo. Pero cuando seis días después, caminando con Ekdal por el camino real, vio a la señora de Iñíguez y sus dos hijas que miraban caer la tarde de codos sobre el alambrado, Ekdal no volvió de su sorpresa al oír el inesperado relato con que Morán partía, sin antecedentes de ninguna especie:

—… Entonces —contaba Morán a Ekdal— pasó lo que era de esperarse, porque usted no ignora el modo de ser de Berthelot. Tomó el tubo de ensayo y lo arrojó desde el camino mismo, ante la estupefacción de los circunstantes…

Ya habían pasado y Morán calló. Ekdal continuaba mirándolo, y su acompañante se echó a reír por toda explicación.


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