Pasado amor
Pasado amor Durante una semana Morán no salió de su casa. Aprovechó las noches frías para poner orden en el sector industrial de su taller, cuyos frascos sin rótulo y tarros desecados por dos veranos continuos no concluían nunca de recuperar su sitio correspondiente. Decidióse al fin a ir a ver a Ekdal, el naturalista, de quien ya había tenido algún informe en Buenos Aires.
Hallólo ubicado en pleno monte, bien que la distancia desde su casa al bar de las ruinas no pasara de una cuadra. Alguien había hecho levantar ahí un rancho-chalet, lujoso, si se consideran las construcciones de ese tipo en el lugar.
Allí se había instalado Ekdal con su esposa, joven como él, y de quien sabemos ya que usaba stromboot para los caminos y montaba como hombre.
Eran noruegos, y a ambos parecíales Misiones el país ideal para vivir. De las tres piecitas del rancho, una les servía de living-room, la otra de dormitorio, y la tercera, más pequeña aún que las otras, la ocupaban el laboratorio y el cuarto de baño, mitad por mitad.
Físicamente, el naturalista personificaba al noruego clásico, muy alto, muy rubio y con mirada infantil. Pero su mujer, Inés, tenía la tez mate y el cabello y los ojos negros. Hacía una curiosa impresión oír hablar alegremente en noruego a aquella joven de tipo cálido.
