Pasado amor
Pasado amor Si no todos, opinaban como los Ekdal las tres o cuatro personas con quienes charló Morán en los dÃas sucesivos. En Iviraromà no se hablaba de lo que fuere, sin que el nombre de los IñÃguez saltara en seguida.
—Todos están cortados por la misma tijera —decÃa el uno—; madre, hijos e hija. Es inexplicable cómo Magdalena ha salido del mismo huevo que esos aguiluchos de rapiña.
—La menor ha condensado —decÃa el otro— todo lo bueno que normalmente debÃa haberse repartido entre los cinco miembros de la familia. El resto es de ellos.
Esta impresión sobre la menor de los IñÃguez surgÃa también del seno de las gentes humildes.
—¡Buenita que es! —DecÃa una excelente vieja, a quien Morán habÃa ido a consultar sobre las variedades de mandioca—. ¡Corazón de oro, te digo! Todos los demás son hijos del diablo. ¡Ella es mi paloma, don Morán!
Morán, pues, se hallaba suficientemente edificado sobre la opinión del paÃs acerca de Magdalena, cuando después de larga ausencia se presentó una noche a cenar, en momentos que la familia concluÃa de hacerlo. Morán quiso disculparse de la hora, por la circunstancia de volver a caballo, y sin reloj, de la confluencia del Isondú. La noche lo habÃa sorprendido.
