Pasado amor

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VIII

Si no todos, opinaban como los Ekdal las tres o cuatro personas con quienes charló Morán en los días sucesivos. En Iviraromí no se hablaba de lo que fuere, sin que el nombre de los Iñíguez saltara en seguida.

—Todos están cortados por la misma tijera —decía el uno—; madre, hijos e hija. Es inexplicable cómo Magdalena ha salido del mismo huevo que esos aguiluchos de rapiña.

—La menor ha condensado —decía el otro— todo lo bueno que normalmente debía haberse repartido entre los cinco miembros de la familia. El resto es de ellos.

Esta impresión sobre la menor de los Iñíguez surgía también del seno de las gentes humildes.

—¡Buenita que es! —Decía una excelente vieja, a quien Morán había ido a consultar sobre las variedades de mandioca—. ¡Corazón de oro, te digo! Todos los demás son hijos del diablo. ¡Ella es mi paloma, don Morán!

Morán, pues, se hallaba suficientemente edificado sobre la opinión del país acerca de Magdalena, cuando después de larga ausencia se presentó una noche a cenar, en momentos que la familia concluía de hacerlo. Morán quiso disculparse de la hora, por la circunstancia de volver a caballo, y sin reloj, de la confluencia del Isondú. La noche lo había sorprendido.


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