Pasado amor
Pasado amor Pero Morán tenÃa un problema más serio a resolver consigo mismo.
Hasta ese instante, y conforme lo hemos dejado ver en este relato de una época de su vida, Morán no habÃa querido detenerse a analizar la impresión que sobre él habÃa hecho la menor de las IñÃguez. DebÃa decidirse, sin embargo. La imagen de Magdalena subÃa a su memoria con una frecuencia que, sin llegar a interrumpir el vaivén habitual de su vida, lo acompañaba en todos sus trabajos.
La comprobación más nÃtida de Morán acerca de aquella familia era la de que Magdalena pertenecÃa a una raza aparte. Inés Ekdal, los plantadores informantes, la vieja de las mandiocas, todos habÃan estado en lo cierto: Magdalena llevaba el nombre y la sangre de los IñÃguez por una ironÃa del destino.
Fuera de esto, la impresión más viva de Morán surgÃa al recuerdo de los ojos de Magdalena, de una hermosura y terciopelo sin par. Pero era en el modo de fijarlos, en su expresión intensa de espera y destino aún no encontrado, donde residÃa su misteriosa atracción.
—Destino no hallado aún… Ésta es la palabra —decÃa Morán, mientras taladraba un poste del alambrado—. Una IñÃguez no difunde a su paso ese aroma de bondad ni mira de ese modo, para que su destino se haya detenido allÃ…
