Pasado amor

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IX

Pero Morán tenía un problema más serio a resolver consigo mismo.

Hasta ese instante, y conforme lo hemos dejado ver en este relato de una época de su vida, Morán no había querido detenerse a analizar la impresión que sobre él había hecho la menor de las Iñíguez. Debía decidirse, sin embargo. La imagen de Magdalena subía a su memoria con una frecuencia que, sin llegar a interrumpir el vaivén habitual de su vida, lo acompañaba en todos sus trabajos.

La comprobación más nítida de Morán acerca de aquella familia era la de que Magdalena pertenecía a una raza aparte. Inés Ekdal, los plantadores informantes, la vieja de las mandiocas, todos habían estado en lo cierto: Magdalena llevaba el nombre y la sangre de los Iñíguez por una ironía del destino.

Fuera de esto, la impresión más viva de Morán surgía al recuerdo de los ojos de Magdalena, de una hermosura y terciopelo sin par. Pero era en el modo de fijarlos, en su expresión intensa de espera y destino aún no encontrado, donde residía su misteriosa atracción.

—Destino no hallado aún… Ésta es la palabra —decía Morán, mientras taladraba un poste del alambrado—. Una Iñíguez no difunde a su paso ese aroma de bondad ni mira de ese modo, para que su destino se haya detenido allí…


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