Pasado amor

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XVII

Pero no volvió. La imposibilidad de ver a Magdalena exasperaba su pesimismo y tornaba imposible su contacto.

—¡Otra más! —Se decía—. Cuanto más vive uno, tanto más fácilmente se deja engañar por una mocosa…

Morán iba pensando así la tarde en que, al volver el recodo de la quinta, distinguió en medio del camino crepuscular a Marta y Magdalena que avanzaban despacio por él.

Súbitamente, con la rapidez con que se pasa de una atroz injusticia que enferma a una loca revelación, Morán anheló ser la tierra que oprimían los zapatos de Magdalena. Debía cruzarse con ellas, y confió a las contingencias del encuentro el temperamento que debía adoptar.

Ya al distinguirlo claramente, Marta nació una sonrisa. Morán sonrió a su vez, desviando el paso hacia ellas, y las jóvenes se detuvieron esperándolo.

Las palabras cambiadas en aquel breve encuentro de dos minutos pasaron para siempre con el mismo tiempo, sin que Morán pudiera nunca recordarlas. Lo único presente y eterno en su memoria es el instante en que Magdalena, aprovechándose de una distracción de Marta, le dijo velozmente en voz baja:

—No me dejan salir más. Esta noche te espero en la ventana, la última desde el zaguán.


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