Pasado amor

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XIX

Llovía a la noche siguiente, y el cielo fulguraba de vez en cuando con cruda luz. Magdalena estaba muy inquieta.

—¡Vete pronto! —Decía a Morán—. Pablo está en el escritorio y puede vernos… ¿No has traído el capote? Te vas a enfermar.

—Pero dime antes: si nos interceptan, ¿cómo nos comunicamos? ¿Cómo puedo escribirte?

—No sé… ¡Ah! Estoy muy intranquila. ¡Vete, por Dios!

—¿Mañana, entonces?

—No, no sé si podré… En casa desconfían… ¡Vete! —Dame tu mano…

Bajo los besos de Morán a sus dedos, los rasgos de Magdalena se distendían en esa suavidad sin defensa y tiernísima de la mujer que desde lo alto contempla al hombre que ama doblado sobre sus manos.

Bruscamente:

—¡Vete, vete! ¡Vienen!

Morán volvió la cabeza, y vio una alta silueta detenida en la puerta del escritorio. Y al alejarse de la ventana, sintió los pasos de Pablo —no podía ser otro— que seguían tras él.

El primer impulso de Morán fue atravesar en tres saltos la picada y perderse en el monte. Pero al ir a hacerlo, comprendió todas las consecuencias de su fuga.


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