Pasado amor

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XXI

En Iviraromí se observó con el asombro del caso que Salvador y Morán no se hablaban ya, cambiando apenas un breve saludo. Esto, añadido al recuerdo del sitio preferentísimo que ocupara Morán en el afecto de los Iñíguez, y a los chismes de los sirvientes que no habían dejado de correr, ilustró posiblemente a todos sobre la tormenta sentimental que se había desencadenado en casa de los peruanos.

Inés Ekdal fue de las primeras en enterarse del contraste. Morán, por lo demás, se confió completamente en ella.

—¡Cuánto me alegro! —dijo Inés—. Hubiera sido horrible que una criatura como Magdalena quedara para siempre secuestrada por esa gente. ¡La rabietita que debe de tener la señora! Usted, Morán, creía disimular mucho cuando estaba con Magdalena; pero se vendía como un niño. ¿Y qué van a hacer ahora?

—No sé —repuso Morán—. Lo que sé, es que me siento profundamente ligado a ella. Y no sé tampoco qué podría separarnos.

—¡Oh, yo de ella estoy segura! Nada me ha dicho, pero lo sé. ¿Y cómo se comunicaron?

Morán la enteró del desfile de mensajeros con cartas, todos sucesivamente interceptados. Desde el día anterior había en lo de Iñíguez orden terminante de que ningún extraño a la casa se aproximara a Magdalena.


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