Pasado amor
Pasado amor En Iviraromà se observó con el asombro del caso que Salvador y Morán no se hablaban ya, cambiando apenas un breve saludo. Esto, añadido al recuerdo del sitio preferentÃsimo que ocupara Morán en el afecto de los IñÃguez, y a los chismes de los sirvientes que no habÃan dejado de correr, ilustró posiblemente a todos sobre la tormenta sentimental que se habÃa desencadenado en casa de los peruanos.
Inés Ekdal fue de las primeras en enterarse del contraste. Morán, por lo demás, se confió completamente en ella.
—¡Cuánto me alegro! —dijo Inés—. Hubiera sido horrible que una criatura como Magdalena quedara para siempre secuestrada por esa gente. ¡La rabietita que debe de tener la señora! Usted, Morán, creÃa disimular mucho cuando estaba con Magdalena; pero se vendÃa como un niño. ¿Y qué van a hacer ahora?
—No sé —repuso Morán—. Lo que sé, es que me siento profundamente ligado a ella. Y no sé tampoco qué podrÃa separarnos.
—¡Oh, yo de ella estoy segura! Nada me ha dicho, pero lo sé. ¿Y cómo se comunicaron?
Morán la enteró del desfile de mensajeros con cartas, todos sucesivamente interceptados. Desde el dÃa anterior habÃa en lo de IñÃguez orden terminante de que ningún extraño a la casa se aproximara a Magdalena.
