Pasado amor

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XXII

Morán, en efecto, debía preocuparse de la incomunicación que los amenazaba, y así lo hizo, entre machetazo y machetazo en el monte. Halló por fin lo que buscaba, en el arbitrio de un palito cualquiera, suficientemente raspado y sucio, hasta adquirir un inofensivo aspecto de palo rodado. Palitos como éste abundaban en todos los sitios, y mucho más en la quinta de los Iñíguez, lindera con el monte.

Sólo que ese palito estaría taladrado, y en su interior llevaría una carta bien arrollada. Un poco de barro en ambos extremos completaría su trivial aspecto.

Esa misma tarde llegaba por vía regular la última carta de Magdalena, y con un mensajero totalmente inesperado. Morán la contestó, indicando el poste de la quinta a cuyo pie él dejaría caer esa noche el tubo (así convenían en llamarlos), y que él recogería a la noche siguiente, con la respuesta.

Morán estudió las ramas que más se prestaban para ese fin, fijando sus preferencias en el tártago.

Meditó una actitud, una palabra de connivencia que pronunciada delante de Magdalena, indicara a ésta la presencia de un aliado.

Planeó el modo de escribirle en el seno mismo de la familia, por medio de petitorios dirigidos a la señora por una pobre mujer cualquiera, y cuyo sentido oculto Magdalena descifraría.


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