Pasado amor

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XXIII

La correspondencia misteriosa proseguía sin tropiezos, manteniéndose Morán por ella al tanto del ambiente que reinaba en casa de los Iñíguez. Como debido a la extrema vigilancia Morán no podía arriesgarse a dejar de día su tubo al pie del poste, se levantaba a las tres de la mañana, y bajo las más negras tinieblas que puede deparar una noche de temporal, iba casi a tientas a depositar su carta, asegurándose de la buena pista tan sólo por el chapaleo del barro bajo sus pies.

Aunque Morán poseía la singularidad de despertarse a la hora que quería, sin errar en un minuto, perdió una mañana en el taller componiendo su viejo despertador. Y no dejaba luego de hacer un singular efecto, a aquellas altas horas y en aquel remotísimo rincón del bosque, oír resonar un timbre, y ver salir a un hombre del carácter del nuestro que, bajo un chorreante capote, llevaba en un tubito de palo una tierna carta de amor.

No siempre hallaba Morán respuesta. Malas horas aquellas, como las de cierta noche en que hallándose con un tobillo muy hinchado y dolorido, debió ir sin embargo en vano, para regresar rengueando atrozmente, y con un semblante que no hubieran querido por nada encontrar en su camino las chicas de Aureliana.


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