Pasado amor

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XXVIII

Su yerbal ya en forma, Morán pensó en construir su quinta canoa, pues las dos primeras yacían en el fondo del Paraná, y las dos últimas habían desaparecido de noche, dejando en la playa tan sólo un trozo de cadena limpiamente cortada a machetazos.

Planeó y dibujó el fondo y las costillas de acuerdo con las novedades en deslizamiento descubiertas por los dirigibles y lanchas de carrera, y hasta pudo contar alguna vez con la ayuda de Ekdal, que llegó una mañana de paso con cinco cachorros de hurón diseminados por su traje blanco, y que fue una tarde ex profeso con su mochila de geólogo, a arruinar las grandes piedras de hierro mangánico que las chicas de Aureliana usaban para partir cocos.

Ekdal no entendía mucho de trabajos manuales, y apenas de remar; pero se prometía acompañar a Morán en sus inacabables recorridas del río, aventuras que no pudieron llevarse a cabo por lo que luego se verá.

La construcción de una canoa por un hombre solo es una cosa seria. Durante quince días Morán no salió de su casa, ni aun de noche. Ekdal e Inés, en cambio, fueron dos o tres veces a tomar té con él, sin que Aureliana hubiera tenido que preocuparse de otra cosa que de su agua hirviendo: Inés preparaba el té y llenaba la mesa de escones hechos por ella. La última tarde:


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