Fedra
Fedra ENONA.— ¡Ay, señor! ¿Qué pesar puede igualar al mÃo?, la Reina casi llega a su fatÃdico término. Inútilmente me empeño a observarla dÃa y noche: se muere en mis brazos, de un mal que me oculta. Un eterno desorden reina en su espÃritu, y su inquieto pesar la arranca del lecho. Quiere ver la luz, y su profundo dolor me ordena sin embargo que haga apartar a todos. Ya viene.
HIPÓLITO.— Basta: la dejo en este lugar y le ahorro un semblante odioso.
