Fedra

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Escena Segunda

ENONA.— ¡Ay, señor! ¿Qué pesar puede igualar al mío?, la Reina casi llega a su fatídico término. Inútilmente me empeño a observarla día y noche: se muere en mis brazos, de un mal que me oculta. Un eterno desorden reina en su espíritu, y su inquieto pesar la arranca del lecho. Quiere ver la luz, y su profundo dolor me ordena sin embargo que haga apartar a todos. Ya viene.

HIPÓLITO.— Basta: la dejo en este lugar y le ahorro un semblante odioso.









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