Fedra
Fedra FEDRA.— No vayamos más lejos. Quedémonos aquÃ, cara Enona. No puedo más: las fuerzas me dejan. La luz que vuelvo a ver deslumbra mis ojos, y mis temblorosas rodillas ceden bajo mi peso. ¡Ay!
ENONA.— (Se sienta). ¡Dioses omnipotentes, que nuestras lágrimas os aplaquen!
FEDRA.— ¡Cómo me pesan estos velos, estos vanos adornos! ¿Qué mano importuna, entrelazando todos estos nudos, se tomó el trabajo de reunir los cabellos sobre mi frente? Todo me aflige y me molesta, todo se conjura en dañarme.
ENONA.— ¡Cómo se destruyen unos a otros todos sus deseos! Hace un instante, vos misma, en la condena vuestros injustos designios, excitabais nuestras manos a que os adornaran; vos misma, recordando vuestra antigua salud, querÃais mostraros y volver a mirar el dÃa. Ya lo veis, señora, ¿queréis ahora esconderos y odiáis la luz que venÃais a buscar?
FEDRA.— Noble y brillante tronco de una familia desventurada, tú de quien mi madre solÃa jactarse de ser hija, y que te sonrojas acaso de mi presente turbación, Sol, vengo a contemplarte por última vez.
ENONA.— ¿Cómo? ¿No abandonaréis tan cruel deseo? ¿Os veré siempre, renunciando a la vida, entregaros a los funestos preparativos de vuestra muerte?
