Fedra
Fedra ENONA.— Señora, no querÃa ya apremiaros a vivir, hasta pensaba yo seguiros a la tumba; no tenÃa ya voz para apartaros de ella, pero esta nueva desgracia os prescribe otras leyes. Vuestra fortuna cambia y toma otro rostro: el Rey no existe, señora; hay que ocupar su lugar. Su muerte os deja un hijo a quien os debéis, esclavo si os pierde, rey si vos vivÃs. ¿En quién queréis que se apoye en su desgracia? Su llanto no tendrá ya mano que lo enjugue llegando hasta los Dioses sus inocentes quejas, irán a irritar contra su madre a sus abuelos. Vivid, ya no tenéis que haceros reproche alguno: vuestro amor se convierte en una pasión común. Al expirar, Teseo ha roto los lazos que constituÃan todo el crimen y el horror de vuestros ardores. Hipólito es para vos menos temible; podéis verle sin convertiros en culpable. Acaso, convencido de vuestro odio, va a suministrar un jefe a la sedición. Arrancadlo de su error, doblegad su corazón. Rey de estas felices playas, Trecene es su patrimonio, pero él sabe que las leyes otorgan a vuestro hijo las orgullosas murallas que construyó Minerva. Tenéis uno y otra una enemiga común: unÃos, los dos, para combatir a Aricia.
FEDRA.— ¡Y bien! Me dejo llevar por tus consejos. Vivamos, si se me puede traer de nuevo hacia la vida, y si el amor de un hijo, en esta hora aciaga, puede reanimar el resto de mis débiles fuerzas.
