Fedra
Fedra HIPÓLITO.— Señora, antes de partir, he creÃdo mi deber preveniros acerca de vuestra suerte. Mi padre ya no existe. Mi desconfianza presagiaba justamente las razones de su ausencia por demás prolongada: sólo la muerte, poniendo fin a sus brillantes esfuerzos podÃa ocultarle por tanto tiempo al universo. Los Dioses entregan por fin a la homicida Parca al amigo, al compañero, al sucesor de Alcides. Creo que vuestro odio, el perdonar sus virtudes, escuchará sin desagrado estos nombres que le son debidos. Una esperanza endulzó mi mortal congoja: podÃa libertaros de una pesada tutela. Revoco las leyes cuyo rigor lamentaba. Podéis disponer de vos, de vuestro corazón; y en esta Trecene, hoy mi patrimonio, antaño herencia de mi abuelo Piteo, que me ha reconocido sin vacilar como su rey, os dejo tan libre y aun más libre que yo.
ARICIA.— Moderad esas bondades cuyo exceso me desconcierta. Honrar mi desgracia con tan generosas atenciones es colocarme, señor, más de lo que os imagináos, bajo esas austeras leyes de que me habéis dispensado.
HIPÓLITO.— Atenas, incierta en la elección del sucesor, habla de vos, me nombra, y nombra al hijo de la Reina.
ARICIA.— ¿De mÃ, señor?
