Fedra
Fedra FEDRA.— Ah, cruel, demasiado me entendiste. Te he dicho lo suficiente para que no te equivocaras. ¡Y bien! Conoce, pues, a Fedra y sus furores. Amo. Pero no creas que mientras te amo me siento delante de mà misma inocente, ni que mi cobarde complacencia haya nutrido el veneno de este loco amor que perturba mi ánimo. Desgraciado blanco de las venganzas celestes, me aborrezco más aún de lo que tú me detestas. Los Dioses son mis testigos, esos Dioses que han encendido la sangre en mi seno con fatÃdica llama; esos Dioses que se han cubierto de cruel gloria extraviando el corazón de una débil mortal. Revive tú mismo el pasado en tu alma. Poco me fue el huirte, cruel, llegué a desterrarte quise parecerte odiosa, inhumana; para mejor resistirte me busqué tu odio. ¿De qué me sirvieron tan inútiles agitaciones? Si tú me odiabas más, no te amaba yo menos. Nuevos encantos te prestaban aún tus desgracias. LanguidecÃ, me desequé en mis ardores y en mis llantos. Te bastarÃan los ojos para persuadirte, si pudieran tus ojos contemplarme un momento. ¿Qué digo? ¿Esta confesión que acabo de hacerte, esta confesión vergonzosa, la crees voluntaria? Temblando por un hijo a quien no osaba traicionar, venÃa a suplicarte que no le odiaras. ¡Débiles propósitos para un corazón demasiado lleno de lo que ama! ¡Ay!, no he podido hablarte más que de ti mismo. Véngate, castÃgame por tan odioso amor. Digno hijo del héroe que te dio la vida, libra al universo de un monstruo que te exaspera. ¡La viuda de Teseo se atreve a amar a Hipólito! Créeme, este horrible monstruo no debe huir; he aquà mi corazón. Aquà debe herir tu mano. Impaciente ya por expiar su culpa, siento que se adelanta al encuentro de su brazo. Hiere. O si lo crees indigno de tus golpes, si tu odio me envidia tan dulce suplicio, si tu mano se mancharÃa con sangre demasiado vil, a falta de tu brazo préstame tu espada. Dame.