Fedra
Fedra TERÁMENES.— ¿Es Fedra la que huye, o, mejor, la que se llevan? ¿Por qué, señor, por qué esas señales de angustia? Os falta la espada, estáis desconcertado, pálido.
HIPÓLITO.— Huyamos, Terámenes. Grandísima es mi sorpresa. No puedo mirarme sin horror a mí mismo. Fedra… Pero no. ¡Dioses, que en profundo olvido permanezca amortajado tan terrible secreto!
TERÁMENES.— Si queréis partir, lista está la vela. Pero Atenas se ha declarado ya, señor. Sus jefes han recogido los votos de todas las tribus. Vuestro hermano gana y Fedra le sigue.
HIPÓLITO.— ¿Fedra?
TERÁMENES.— Un heraldo encargado de transmitir la voluntad de Atenas acaba de entregarle las riendas del Estado. Su hijo es rey, señor.
HIPÓLITO.— Dioses, que la conocéis, ¿es su virtud acaso lo que recompensáis?
TERÁMENES.— Sin embargo, un sordo rumor afirma que el Rey vive. Se pretende que ha aparecido Teseo en el Espiro. Pero yo, señor, que lo he buscado allí, sé demasiado bien
