Fedra
Fedra FEDRA.— ¡Ah! ¡Llévense lejos los honores que me envÃan! ¿Puedes desear que me vean, importuna? ¿Con qué vienes a halagar mi espÃritu desolado? Mas bien procura ocultarme: he hablado por demás. Osaron esparcirse fuera mis furores. Y he pronunciado aquello que jamás debió oÃrse. ¡Cielos! ¡Cómo me escuchaba! ¡Con cuántos rodeos eludió largo tiempo mis palabras, el insensible! ¡De qué modo anhelaba una pronta retirada! ¡Y cómo redobló mi vergüenza su rubor! ¿Por qué estorbaste mi funesto designio? ¡Ay! ¿Palideció por mà cuando su espada iba a buscar mi seno? ¿Me la arrancó? Bastó que mi mano la tocara sólo una vez para que se volviera horrible a sus ojos inhumanos; profanarÃa ya sus manos ese desdichado acero.
ENONA.— AsÃ, al pensar solamente en lamentar vuestras desgracias, alimentáis un fuego que deberÃa extinguirse. ¿No serÃa mejor, como digna descendiente de Minos, buscar vuestro reposo en más nobles afanes, recurrir a la fuga contra aquel ingrato, reinar y asumir, la dirección del Estado?
FEDRA.— ¡Yo reinar! ¡Yo regir un Estado con mi ley, cuando mi débil razón no reina ya sobre mÃ! ¡Cuando he abandonado el dominio de mis sentidos! ¡Cuando respiro apenas bajo un vergonzoso yugo! ¡Cuando me muero!
ENONA.— Huid.
