Fedra
Fedra TESEO.— ¡Ah! ¿Qué es lo que oigo? Ese traidor, ese temerario, ¿habÃa de preparar tal insulto al honor de su padre? ¡Destino, con qué rigor me persigues! No sé adónde voy ni dónde estoy. ¡Oh ternura, oh bondad mal recompensada! ¡Audaz proyecto! ¡Idea detestable! Para alcanzar el objetivo de sus negros amores, el insolente recurrió al auxilio de la fuerza. He reconocido el acero, instrumento de su rabia, ese acero con que lo armé para un uso más noble. ¿Todos los lazos de la sangre no han podido retenerlo? ¿Y Fedra diferÃa su castigo? ¿ProtegÃa su silencio al culpable?
ENONA.— Fedra protegÃa más bien a un padre desdichado. Avergonzado de los designios del furioso amante, y del fuego criminal que ardÃa en sus ojos, Fedra, morÃa, señor, y su mano matadora apagaba la inocente luz de su mirada. La vi alzar el brazo, corrà a socorrerla. Yo sola he sabido conservarla a vuestro amor; y lamentando a la vez su emoción y vuestros temores, he servido, a mi pesar, de intérprete a sus lágrimas.
TESEO.— ¡Pérfido! No ha podido evitar el palidecer. Lo he visto estremecerse de temor al abordarme, y quedó atónito de su poca alegrÃa. Sus frÃos abrazos helaron mi ternura. Pero amor culpable que lo devora ¿se habÃa manifestado ya en Atenas?
ENONA.— Señor, acordáos de las quejas de la Reina. Un criminal amor era la causa de su odio.
