Fedra
Fedra FEDRA.— Se va. ¿Qué nueva hirió mi oído? ¿Qué fuego mal ahogado despierta en mi corazón? ¡Qué rayo, oh cielos, y qué infausto anuncio! Yo volaba íntegramente en socorro de su hijo, y, arrancándome a los brazos de la espantada Enona, cedía al remordimiento que me tortura. ¿Quién sabe hasta dónde me hubiera llevado ese arrepentimiento? Quizás hubiera consentido en acusarme; quizás, si no me faltara la voz, la terrible verdad se me hubiera escapado. ¡Hipólito es sensible, y nada siente por mí! ¡Aricia es dueña de su corazón! ¡Aricia tiene su fe! ¡Ah, Dioses! Cuando el ingrato se armaba inexorablemente contra mis anhelos de tan fieras miradas, de aspecto tan temible, pensé que su corazón, siempre cerrado al amor, estaba igualmente armado contra todo mi sexo. Otra, sin embargo, ha vencido su audacia; otra ha encontrado gracia a sus crueles ojos. Quizás tiene un corazón fácil de enternecer y yo soy la única a quien no soporta. ¿Y me echaré encima el cuidado de defenderlo?
