Fedra
Fedra FEDRA.— Querida Enona ¿sabes de lo que acabo de enterarme?
ENONA.— No; pero, la verdad, vengo temblando. Palidezco ante el designio que os hizo alejaros; temo un furor fatal para vos misma.
FEDRA.— ¿Quién lo creyera, Enona? TenÃa una rival.
ENONA.— ¿Cómo?
FEDRA.— Hipólito ama, y no lo sospeché siquiera. Ese feroz e indomable enemigo a quien el respeto ofendÃa y a quien importunaba la queja, ese tigre a quien nunca pude abordar sin miedo, acepta un vencedor, sumiso y domesticado: Aricia encontró el camino de su corazón.
ENONA.— ¿Aricia?
