Fedra
Fedra TESEO.— ¡Señora, cambiáis de color y parecéis desconcertada! ¿Qué hacia Hipólito en este sitio?
ARICIA.— Señor, me daba un adiós eterno.
TESEO.— Vuestros ojos han sabido domar ese corazón rebelde y sus primeros suspiros son vuestra feliz hazaña.
ARICIA.— Señor, no puedo negaros la verdad; él no ha heredado vuestro injusto odio, ni me trataba como a una criminal.
TESEO.— Comprendo: os juraba un eterno amor. Pero no confiéis en ese corazón inconstante, porque tanto como a vos les juraba a otras.
ARICIA.— ¿Él, señor?
TESEO.— Debierais volverlo menos versátil: ¿cómo soportabais ese horrible reparto?
