Fedra
Fedra TESEO.— ¡Y bien! Vos triunfáis, mi hijo ya no existe. ¡Ah, cuánto debo temer! ¡Y qué cruel sospecha, absolviéndolo en mi corazón, con justicia me alarma! Pero, señora, ha muerto, recibid vuestra vÃctima: gozad con su pérdida, legitima o injusta. Acepto que mis ojos se hayan engañado siempre. Lo creo criminal, puesto que sois vos quien lo acusa. Su muerte ofrece motivo suficiente para mi llanto, sin que vaya a buscar revelaciones odiosas, que no pudiendo devolverlo a mà justificado dolor, quizá no harÃan más que acrecentar mi desdicha. Dejadme, lejos de vos y lejos de estas riberas, escapar de la ensangrentada visión de mi hijo destrozado. Confuso, perseguido por un remordimiento mortal, querrÃa desterrarme del universo. Todo parece levantarse contra mi injusticia. Hasta la gloria de mi nombre acrece mi suplicio. Me ocultarÃa mejor y si fuese menos conocido de los hombres. Odio hasta los privilegios con que me honran los Dioses, y me retiraré a llorar sus mortÃferos favores, sin cansarlos más con inútiles plegarias. Cualquier cosa que por mà hicieran, toda su funesta bondad no podrÃa pagarme lo que me han quitado.
FEDRA.— No, Teseo, hay que romper un injusto silencio: hay que devolver la inocencia a vuestro hijo. Él no era culpable.
