Cartas a un joven poeta

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A esto hay que añadir que Roma (cuando no se la conoce todavía) en los primeros días produce una agobiante tristeza por el ambiente de museo turbio y falto de vida que exhala, por la opulencia de sus pasados sacados a la luz y trabajosamente conservados, de los que se alimenta un mediocre presente; por la falsa sobrevaloración, fomentada por estudiosos y filólogos e imitada por los habitualmente numerosos viajeros de Italia, por todas estas cosas desfiguradas y corruptas que, en el fondo, no son más que restos casuales de otro tiempo y de otra vida que no es la nuestra ni debe serlo. Finalmente, tras semanas de resistencia diaria, uno se encuentra de nuevo, aunque todavía un tanto confuso, consigo mismo y se dice: no, no existe aquí más belleza que en cualquier otro lugar, y todos estos objetos siempre repetidamente admirados por generaciones, que manos de peón de albañil han restaurado y reparado, no significan nada, no son nada, no tienen corazón ni valor; pero aquí hay mucha belleza, porque en todas partes abunda la belleza. Aguas inagotables, infinitamente llenas de vida, van por antiguos acueductos hacia la gran ciudad, y danzan en muchas plazas sobre conchas blancas de piedra y se extienden en amplios y espaciosos cuencos, y murmuran de día y realzan su murmullo de noche, que aquí es grande, estrellada y dulce a causa de los vientos. Y hay jardines, inolvidables alamedas y escalinatas, escaleras de piedra concebidas por Miguel Ángel, escaleras construidas imitando las aguas que caen en declive ancho, surgiendo peldaño a peldaño como de ola en ola.


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