Cartas a un joven poeta
Cartas a un joven poeta No había cumplido aún los veinte años, estaba en el umbral de una profesión que sentía contraria a mis inclinaciones. Esperaba que si en alguien había de hallar comprensión, ese alguien había de ser precisamente el autor del libro Para celebrarme. Y casi sin querer escribí una carta de presentación para mis versos en la que me abría a una segunda persona con tanta sinceridad como nunca había hecho antes y como jamás volvería a hacerlo.
Pasaron muchas semanas hasta que llegó la respuesta. La carta certificada era de color azul, llevaba matasellos de París, pesaba y la letra del sobre mostraba los mismos trazos claros, armoniosos y seguros con los que estaba escrito el texto desde la primera hasta la última línea. Y así comenzó mi correspondencia regular con R. M. R., que se prolongó hasta finales de 1908. Después, se extinguió poco a poco porque la vida me condujo a dominios de los cuales, precisamente, me había querido preservar la solicitud cálida, delicada y entrañable del poeta.
Pero eso no tiene ninguna importancia. Importantes son sólo las diez cartas que ahora siguen. Importantes para el conocimiento del mundo en el que R. M. R. vivió y creó; también lo son para muchos de hoy y de mañana que crecen y se van haciendo. Pero donde habla aquel que es grande y único, los pequeños tienen que guardar silencio.