Una temporada en el infierno
Una temporada en el infierno ¿Acaso no tuve una vez una juventud amable, heroica, fabulosa, digna de inscribirse en hojas de oro? — ¡demasiada suerte! ¿Por qué crimen, por qué error he merecido mi actual debilidad? Ya que pretendéis que las bestias sollozan de dolor, que los enfermos desesperan, que los muertos sueñan mal, intentad relatar mi caÃda y mi sueño. Ya no logro expresarme mejor que el mendigo con sus continuos Pater y Ave MarÃa… ¡Ya no sé hablar!
Hoy creo, sin embargo, haber terminado la relación de mi infierno. En verdad era el infierno; el antiguo, aquél cuyas puertas abrió el hijo del hombre.
Desde el mismo desierto, hasta la misma noche, mis fatigados ojos siempre se abren a la estrella de plata, siempre, sin que se conmuevan los Reyes de la vida, los tres magos, el corazón, el alma, el espÃritu. ¿Cuándo iremos, más allá de las playas y los montes, a saludar el nacimiento del nuevo trabajo, la nueva sabidurÃa, la fuga de los tiranos y de los demonios, el fin de la superstición? ¡a adorar —¡los primeros!— la Natividad sobre la tierra!
¡El canto de los cielos, la marcha de los pueblos! Esclavos, no maldigamos a la vida.