Periodismo. Primera parte
Periodismo. Primera parte Quizá porque nosotros no somos profesores en el sublime arte de la música, quizá porque no somos lo que puede llamarse dilettanti, quizá porque no estamos ya en la edad de las doradas ilusiones, la ópera no es lo que cautiva más nuestra atención, sobre todo en momentos como el presente en que la nación está saliendo apenas de una crisis terrible.
Aún se escucha en la frontera del norte el ruido de las armas, aún el jefe de la revolución no depone su espada, todavía los que por dar la paz a la república han dejado los campamentos para retirarse al seno de su familia, no enjugan el sudor de la fatiga que cubre sus frentes, ni limpian el polvo del combate en sus uniformes, y ya nos creemos gozando de una paz octaviana, y nos soñamos sentados sobre el Tabor.
Es verdad que el porvenir es halagüeño, y que la nación quiere la paz, y para conquistarla se manifiesta capaz de hacer los mayores esfuerzos. Es verdad que el gobierno busca y desea el acierto, y que como una prenda para contar con el apoyo y la confianza del pueblo, el presidente interino ha publicado su manifiesto, y en él ha presentado un programa de libertad y de reforma y de progreso.
