Instrucciones para salvar el mundo
Instrucciones para salvar el mundo Soraya, por su parte, sobrevive noche tras noche. Ha aprendido a leer a los hombres en segundos: los violentos, los tristes, los peligrosos. Sabe cómo hablarles, cómo esquivarlos. Pero también arrastra sus propias cicatrices. Vino desde África escapando del horror, cruzando mares y fronteras solo para terminar vendiendo su cuerpo en una ciudad que no mira a los que se caen.
—Yo tengo que cuidar de mí, ¿entiendes? —le dice a Daniel una noche—. Nadie más va a hacerlo.
Daniel asiente, pero no entiende. Su propia tristeza lo nubla. Está obsesionado con la idea del fracaso. Médico sin vocación, esposo sin esposa, amante que paga. Hay un hueco dentro de él que ni la ciencia ni el sexo logran llenar. Solo Soraya parece ofrecerle un espejo en el que no se odia del todo.
Y luego está Cerebro. Ella también fue joven. También fue brillante. Pero ahora limpia heces de su marido mientras recuerda teorías físicas y novelas de su juventud. Su casa es un laboratorio abandonado, un mausoleo. Solo la investigación del asesino en serie le da algo parecido a un propósito. Una razón para no rendirse.
Mientras las noches se acumulan como capas de hollín, las relaciones entre ellos comienzan a mutar. Matías, después de varios encuentros, se atreve a hablar con Soraya. Ella lo escucha. No con condescendencia, sino con una extraña ternura feroz.
