La desigualdad entre los hombres
La desigualdad entre los hombres Conociendo tan poco la naturaleza y discrepando de tal modo sobre el sentido de la palabra ley, difícil sería convenir en una buena definición de la ley natural. He aquí por qué las definiciones que se hallan en los libros, además del defecto de no ser uniformes, tienen el de ser deducidas de diversos conocimientos que los hombres no poseen naturalmente y de una superioridad que no han podido concebir sino después de haber salido del estado natural. Comiénzase por buscar aquellas reglas que, por la utilidad común, serían buenas para que los hombres las reconociesen, y al conjunto de estas reglas se lo da el nombre de ley natural, sin otra prueba que el bien que se supone resultaría de su aplicación universal. He aquí un sistema sumamente cómodo de componer definiciones y de explicar la naturaleza de las cosas por conveniencias casi arbitrarias.
Pero en tanto no conozcamos al hombre natural, es vano que pretendamos determinar la ley que ha recibido o la que mejor conviene a su estado. Lo único que podemos ver muy claramente a propósito de esta ley es que no sólo es necesario, para que sea ley, que la voluntad de aquel a quien obliga pueda someterse con conocimiento, sino que además es preciso, para que sea ley natural, que hable inmediatamente por la voz de la naturaleza.