La desigualdad entre los hombres
La desigualdad entre los hombres Séame permitido considerar un instante los problemas del origen de las lenguas. Podría contentarme con citar o repetir las investigaciones que el abate de Condillac ha hecho sobre esta materia, puesto que todos confirman mi opinión y acaso me han sugerido la primer idea. Pero el modo como este filósofo resuelve las dificultades que él mismo se plantea sobre el origen de los signos instituidos demuestra que ha supuesto lo que yo discuto, a saber, una especie de sociedad ya establecida entre los inventores del lenguaje, y al referirme a sus reflexiones creo que debo añadir las mías para exponer las mis mas dificultades bajo el aspecto que conviene a mi objeto. La primera que se presenta es imaginar cómo pudieron ser necesarias las lenguas, pues no teniendo los hombres ninguna comunicación entre sí ni necesidad alguna de ella, no se concibe ni la necesidad de esa invención ni su posibilidad si no fue indispensable. Y aun diría, como muchos otros, que las lenguas han nacido en el comercio doméstico de padres, madres e hijos. Pero, además de que esto no resolvería las objeciones, sería cometer el error de quienes, razonando sobre el estado de naturaleza, transfieren a éste ideas tomadas de la sociedad; ven a la familia reunida en una misma habitación y a sus miembros observando entre sí una unión tan íntima y tan permanente como entre nosotros, en que tantos intereses comunes los reúnen; cuando, al contrario, no habiendo en ese estado primitivo ni casas, ni cabañas, ni propiedades de ninguna especie, cada cual se alojaba al azar, y frecuentemente por una sola noche; los machos y las hembras se ayuntaban fortuitamente, al azar del encuentro, según la ocasión y el deseo, sin que la palabra fuera un intérprete muy necesario para las cosas que tenían que decirse, y con la misma facilidad se separaban (19). La madre amamantaba a los hijos por propia necesidad; después, habiéndose encariñado con ellos por la costumbre, los alimentaba por la suya; en cuanto tenían la fuerza necesaria para buscar su alimento, no tardaban en abandonar a su madre misma, y como casi no había otro medio de encontrarse que no perderse de vista, bien pronto se hallaban en estado de no reconocerse unos a otros. Observad también que teniendo el niño que explicar todas sus necesidades, y, por tanto, más cosas que decir a la madre que la madre al niño, debe correr con los mayores gastos de la invención, y que el lenguaje que emplea tiene que ser en gran parte su propia obra, lo que multiplica tanto las lenguas como individuos hay para hablarlas, a lo cual contribuye también la vida errante y vagabunda, que no deja a ningún idioma el tiempo de adquirir consistencia. Decir que la madre dicta al niño las palabras que habrá de emplear para pedirle tal o cual cosa demuestra cómo se enseñan las lenguas ya formadas, pero no enseña cómo se forman.