Las confesiones
Las confesiones 1758
La fuerza extraordinaria que para abandonar el Ermitage me había dado una efervescencia pasajera, me abandonó tan luego como hube realizado la mudanza. Apenas establecido en mi nueva vivienda, cuando me acometieron fuertes y vivos ataques de retención de orina, que se complicaron con la nueva molestia de una hernia que me atormentaba desde hacía tiempo, sin saber que lo fuese. A poco me vi presa de los más crueles accidentes. El médico Thierry, antiguo amigo mío, vino a verme, y me hizo saber el estado en que me hallaba. Las sondas, las candelillas, los vendajes, todo el aparato de las enfermedades propias de la edad avanzada reunido en derredor mío, me dio a entender duramente que el corazón no puede continuar impunemente siendo joven cuando el cuerpo ha dejado de serlo. La estación bella no me devolvió las fuerzas, y pasé todo el año de 1758 en un estado de languidez tal que creí tocar al fin de mi vida, cuyo término veía con fruición aproximarse. Desengañado de las quimeras de la amistad, desprendido de cuanto me había hecho amar la vida, nada veía ya en ella que pudiese hacérmela agradable. No descubría sino males y miserias, que me impedían disponer de mí. Anhelaba el momento de quedar libre y escapar de mis enemigos. Pero reanudemos el hilo de los acontecimientos.
